Ola de Calor Navideño

Para mediodía, el sol casi derrite el asfalto de la larga avenida. Nadie sabe tan bien como ella lo larga que puede hacerse la condenada avenida arrastrando diez kilos de compras navideñas bajo aquel sol abrasador.

El sudor empapaba ya su vestido, mientras calculaba a qué hora podría llegar a casa para encerrarse en la cocina, a padecer el suplicio del horno. Las televisiones anunciaban una ola de calor para las fiestas de Navidad. ¿Dónde estaba la noticia? A la misma hora, cada mediodía del veinticuatro, Estela se recordaba derretida en sudor cargando como podía con la compra para la cena de Nochebuena. Así eran sus vacaciones por treinta años, sin excepción alguna. Mientras avanzaba penosamente por la avenida, no terminaba de explicarse por qué aquello era noticia. Los escaparates de los centros comerciales tampoco habían cambiado su decoración. Copos de nieve, trineos y abetos formaban parte de su paisaje sentimental en aquella peregrinación a la pastelería favorita de su marido.



No recordaba otra cosa el día de los preparativos. Pasar calor en las calles, mientras sus brazos cedían lentamente al peso de las bolsas. Podía ser peor, pensó. Sintió la misma compasión de todos los años por aquellos pobres diablos disfrazados de Papá Noel que repartían publicidad por la avenida. No quería ni imaginarse la sensación bajo aquellos gorros, barbas postizas y rellenos. Qué le iban a explicar a ella de lo que se puede hacer por unos hijos cuando la necesidad aprieta, ni calor siente una.

Las horas de espera en cola de la pastelería de la plaza, justo cuando el sol castiga la cabeza con más alevosía, se le hicieron tan eternas como cada año. Ni una triste sombra para cobijarse. Sólo la idea de que sus hijos disfrutaran de su dulce favorito de Navidad conseguía darle fuerzas antes de que se le derritieran los sesos. Al menos ellos estarían disfrutando del día en la playa, hasta la hora de la cena. Tampoco esperaba verlos mucho más el resto de las vacaciones, con veinte años es mejor que disfruten y descansen.

Pero sabía por años anteriores que una puede sobrevivir a la cola en la plaza, a la garganta reseca por un calor de bochorno. También se sobrevive igual a la vuelta a casa en el cuarenta y seis con el aire acondicionado averiado. Se sentía tan pegajosa como cualquier mediodía del veinticuatro, mientras los diez kilos seguían dislocando sus brazos. Nadie te cede el asiento cuando una llega a una edad indeterminada en la que no eres lo suficientemente vieja como para dar pena de corazón. Tampoco tan joven como para que te llamen Estelita, la esforzada estudiante de las trenzas rubias a la que no dejaron asistir a la universidad.

Abrió la puerta de la humilde casa, no sin antes prolongar su vía crucis navideño subiendo un quinto piso sin ascensor. Ya dentro, le recibió el silencio. El silencio navideño más absoluto. Los niños disfrutaban de sus veinte años en la playa, y Horacio disfrutaba de las vacaciones en el bar de la esquina. Sí, continuaban usando entre ellos el término vacaciones, cuando la fábrica había cerrado diez años atrás y su ocupación era escasa y errante.

Encerrada en la soledad de la cocina, con el termostato del horno marcando ya doscientos veinte grados de justicia, se abanicaba con un periódico deportivo. Encendió la radio, su voz compañera. El locutor informaba sobre la ola de calor, de los termómetros rozando máximos históricos. Apagó la radio y volvió a secarse el sudor que comenzaba a correr por su sien. ¿Dónde estaba la noticia? Recordaba aquel mismo calor sofocante por Navidad desde bien chiquita, siempre fue igual. Hizo balance de todo lo que había sucedido en el año. Los muchos que se fueron por la pandemia. Pero en la radio preferían seguir hablando del calor. Y no lo censuraba, mejor darnos todos una tregua navideña por unos días, que podamos entretenernos en la cena hablando del calor y del asado. Por la ventana, desde algún rincón lejano en la calle, se coló una nota lunfarda. Carajo, exclamó Estelita Roccatagliata, hasta el bandoneón suena más triste desde que nos dejó el Diego.





Comentarios

  1. Hola! Espero no haberme equivocado de Doctor Palabras, como no estoy en redes sociales no te puedo contactar a través de ellas.
    Bueno, al grano, felicitarte por tu microrrelato de hoy, la verdad es que Irene no lo puso fácil, pero eso lo hace más interesante/divertido.
    Me gustó mucho, enhorabuena.
    Soy Pepa Fontes, hoy me leyeron como destacada, la verdad es que da subidón y anima a seguir escribiendo.
    Iré poniéndome al día con tu blog.
    Si quieres visitarme en el mío bastará con poner:
    Pepalabras.
    Enhorabuena de nuevo.
    Saludos.
    Pepa Fontes.

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    1. Claro que me acuerdo Pepa, perfectamente! No había visto tu respuesta hasta ahora, pues te sigo a partir de ahora en tu blog también, hay que seguir disfrutando de la escritura como hasta ahora

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